
Cada 16 de septiembre, México celebra el inicio de su Independencia. Pero la propiedad privada tal como la conocemos hoy la que se compra, se vende, se hipoteca y se desarrolla no nació ese día. Nació casi cuatro décadas después, en un proceso legal mucho menos festejado: la desamortización de los bienes de la Iglesia.
Durante todo el periodo colonial y las primeras décadas de vida independiente, una parte enorme del suelo urbano de México no estaba en manos de particulares. Pertenecía a la Iglesia católica, a través de conventos, cofradías, órdenes religiosas e instituciones eclesiásticas que acumulaban propiedades como parte de su patrimonio institucional. Esas propiedades —conocidas legalmente como "bienes de manos muertas"— casi nunca se vendían, ni se hipotecaban, ni cambiaban de uso. Simplemente permanecían inmóviles, generación tras generación.
La ley que obligó a la tierra a moverse
El cambio llegó con las Leyes de Reforma, un paquete legislativo liberal impulsado entre 1855 y 1859 para separar a la Iglesia del Estado. Dentro de ese paquete, la pieza que transformó al sector inmobiliario fue la Ley de Desamortización de Fincas Rústicas y Urbanas Propiedad de Corporaciones Civiles y Eclesiásticas, expedida el 25 de junio de 1856 por el presidente sustituto Ignacio Comonfort, y redactada por su ministro de Hacienda, Miguel Lerdo de Tejada. Es la ley que la historia terminó bautizando, simplemente, como Ley Lerdo.
El argumento oficial detrás del decreto era económico: el gobierno consideraba que la falta de circulación de una parte tan grande de la propiedad raíz era uno de los principales obstáculos para el crecimiento del país. La ley obligó a las corporaciones civiles y religiosas a vender sus fincas rústicas y urbanas a quienes las rentaban o, en su defecto, a sacarlas a remate público. A partir de ese momento, las instituciones religiosas quedaron impedidas de adquirir nuevos bienes raíces, salvo los estrictamente necesarios para el culto.
Tres años más tarde, en 1859, en plena Guerra de Reforma, el gobierno de Benito Juárez radicalizó la medida con la Ley de Nacionalización de los Bienes Eclesiásticos. Esta nueva disposición fue más lejos que la Ley Lerdo: declaró que los bienes de la Iglesia siempre habían pertenecido a la Nación, y que su liquidación no generaría ningún pago a los antiguos propietarios eclesiásticos. El dinero de las ventas pasaría directamente a las arcas del Estado.







